Puesto a reflexionar sobre el tema, me pregunté por qué nuestra música folklórica no llegó a dar nunca un cantor que renovara tanto la canción popular como el folklore mismo. Síntoma de desprecio hacia nosotros mismos es que esto no haya pasado aún.
Para dar un ejemplo de los sucedido en otras latitudes, escribí una pequeñísima entrada en la que inserté la versión de Facundo Cabral de Los ejes de mi carreta, junto con la versión original de Atahualpa Yupanqui.
La reflexión sobre el folklore no dio resultado alguno. Cuando renové el blog borré la entrada. Hace días, pensando ahora que había dejado el blog inmóvil, que no tenía ningún resultado importante, que todas las entradas escritas con anterioridad no servían para nada, volví a entrar en él.
Re-descubrí rincones que yo mismo había olvidado, como el de candelillas; limpié el de ilustraciones y me prometí iniciarlo de nuevo; recordé que tengo dos documentos por hacer y que la pereza no puede seguir siendo una excusa; me prometí terminar la traducción que dejé a la mitad hace dos años.
En el medio de esta relectura del blog -por dentro: todo su material lo tengo ahora en borrador, incluídos los comentarios de los otrora activos seguidores-, decidí volver a publicar la nota breve sobre la muerte de Saramago, que no recuerdo por qué eliminé, siendo un tributo honesto -recuerdo que este suceso fue poco debatido en la provincia bloguera de los escritores nacionales y que ello me pareció sintomático.
Todo esto viene hoy a cuento, porque he querido revivir aquella entrada en que sonaba la voz de Facundo y no la he encontrado: a veces se tiran a la basura papeles que luego se extrañan.
Raro: en menos de una semana, la muerte de Saramago, el asesinato de Cabral y el tributo a Yolanda me han hecho volver al blog. ¡La muerte de los genios tiene una potencia atómica!, lástima que vivan tan poco, que no lo hagan 1000 años como lo quiso Dalí: para un genio es prematuro morir a los 100 años, qué decir de los 90, los 70 o los 40 de los tres mencionados.
No me consuelo con una esta vez, acá quisiera dejar toda la voz de Cabral, que es como decir un corazón que canta. Dejo lo que puedo: esta no la borraré nunca.


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